Cultura y ocio
Manuel Vilas convierte Zaragoza en un territorio de memoria y extrañeza en Zeta
Redacción Al Minuto · 17 oct
Zaragoza adquiere en Zeta, de Manuel Vilas, una identidad literaria construida con barrios, comercios, aulas y vidas corrientes. La ciudad se transforma en un espacio imaginario donde conviven la memoria del trabajo, el desgaste de los cuerpos y situaciones fantásticas. Esta recreación propone una mitología urbana que no nace de grandes acontecimientos, sino de los objetos, los empleos y las rutinas de sus habitantes.
El mapa conserva referencias reconocibles. Arrabal, Delicias, Casablanca, Juslibol y Montemolín comparten protagonismo con estaciones, supermercados y gasolineras. Sin embargo, esos lugares no funcionan únicamente como coordenadas geográficas: adquieren una dimensión extraña, en ocasiones amenazante. Un solar cubierto de vegetación o una acera deteriorada bastan para desplazar el relato desde lo cotidiano hacia una percepción inquietante de la ciudad.
Una ciudad contada desde el trabajo
La actividad industrial y comercial ocupa una posición central en ese universo. Pequeñas empresas, establecimientos familiares, anuncios y marcas componen una memoria material de Zaragoza. La comida económica, los restaurantes y las compras también tienen su lugar en esta representación. Frente a una imagen monumental de la ciudad, Zeta pone el foco en aquello que se consume, se utiliza y termina por desaparecer, junto con quienes lo fabrican o lo venden.
Entre sus figuras destaca el profesor de lengua, asociado a los horarios, las listas de alumnos y la iluminación del aula. El encuentro con una antigua estudiante introduce el paso del tiempo a través del contraste entre el recuerdo juvenil y el envejecimiento. Los pasillos del instituto se convierten, además, en un escenario de paradojas: atravesarlos deja de ser un gesto sencillo y adquiere una dimensión matemática y existencial. La identidad del docente se cruza así con la del escritor.
A esa experiencia se suman las de mecánicos, electricistas, empleados de gasolinera y funcionarios. El trabajo aparece ligado al cansancio, a los madrugones y a una huella física que persiste fuera de la jornada laboral. El olor del combustible, por ejemplo, acompaña a quien lo manipula hasta los espacios domésticos. La muerte y los funerales irrumpen en ese paisaje, donde los vínculos personales se expresan también mediante desplazamientos, gastos y pequeños gestos de afecto.
Entre el recuerdo y lo fantástico
La deformación de la realidad conecta este retrato urbano con el tremendismo y con una sensibilidad atravesada por la cultura popular. Las marcas comerciales conviven con referencias musicales, mientras la acumulación de detalles cotidianos recuerda ciertos recorridos autobiográficos de Camilo José Cela. Lo áspero y lo reconocible se mezclan sin convertir Zaragoza en un decorado ajeno: la extrañeza surge precisamente de sus calles, sus negocios y sus interiores.
La electricidad, la calefacción y la refrigeración forman otra red de motivos. La iluminación artificial mantiene activos los espacios comerciales y modifica la relación entre el día y la noche. El frío se asocia a la conservación de los cuerpos; las viviendas, por su parte, pueden convertirse en lugares de encierro y apariciones. En ese mundo, una presencia fantasmal y una mancha de humedad llegan a compartir el mismo territorio de incertidumbre.
La soledad y la necesidad de compañía atraviesan también estas escenas. El deseo de un beso, la posibilidad de compartir un piso o la espera de una llamada ofrecen un contrapunto a la dureza del entorno. Incluso un aviso para revisar un automóvil puede adquirir el valor de una promesa de continuidad. El horizonte de los personajes permanece ligado a esas señales mínimas: el siguiente encuentro, una conversación pendiente o una rutina capaz de dar sentido al día.
Claves: - Zeta reelabora Zaragoza como un espacio literario entre la memoria cotidiana y lo fantástico. - Los barrios, los pequeños negocios y el trabajo industrial sostienen su paisaje urbano. - El profesor de lengua concentra temas como el envejecimiento, el recuerdo y la identidad. - La soledad y los vínculos afectivos conviven con el consumo, la tecnología y la muerte.
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Fuentes consultadas: 20minutos. Ver original