Naturaleza
El calor marca el ritmo de los grillos: por qué su canto se intensifica en verano
Redacción Al Minuto · 8 ago
El sonido de los grillos que acompaña tantas noches de verano tiene una relación directa con la temperatura. El calor acelera su metabolismo y aumenta la frecuencia de sus chirridos, mientras que el frío ralentiza ese ritmo. Esta conexión permite utilizar su actividad sonora como una pista para estimar la temperatura del entorno.
Aunque se suele hablar de su canto, estos insectos no tienen cuerdas vocales. El sonido procede de un mecanismo de fricción denominado estridulación: los machos rozan una superficie dura, rugosa y dentada contra otra lisa. Ese movimiento produce el chirrido repetitivo que se escucha en jardines, parques y espacios rurales.
La finalidad de esta señal es reproductiva. Los machos la emiten para atraer a las hembras hasta su madriguera. Por tanto, ese sonido tan asociado al verano no es solo un indicio de su presencia: también forma parte de su comportamiento para encontrar pareja.
Por qué el calor cambia la frecuencia
La temperatura influye en la actividad de los grillos y en las reacciones de su metabolismo. Cuando el ambiente se calienta, esos procesos se desarrollan con mayor rapidez y los insectos se muestran más activos. Esto explica que su sonido resulte especialmente habitual durante los meses estivales.
El efecto también se aprecia en la cadencia de los chirridos. Con temperaturas elevadas, se suceden con más rapidez y vigor; cuando hace frío, quedan más separados entre sí. La relación entre ambas variables convierte el ritmo de sus emisiones en una señal del calor ambiental, más allá de la impresión que pueda producir escucharlos.
Una relación estudiada desde el siglo XIX
El físico e inventor Amos Dolbear abordó esta conexión en un artículo publicado en 1897. Su planteamiento vinculaba la frecuencia de las emisiones sonoras de los grillos con la temperatura exterior. La explicación se apoyaba en el mismo principio: el calor acelera las reacciones metabólicas, mientras que el frío las frena.
El procedimiento de cálculo descrito consiste en contar las emisiones durante un minuto, dividir ese total entre cinco y restar nueve al resultado. La operación relaciona así una observación sencilla —el número de chirridos en un intervalo concreto— con una estimación de la temperatura del entorno.
En las noches cálidas, prestar atención a ese ritmo permite reconocer dos procesos a la vez: la llamada de los machos para atraer a las hembras y la respuesta de estos insectos a las condiciones ambientales. A medida que cambie la temperatura, también lo hará la frecuencia de su sonido.
Claves: - Los machos producen el chirrido para atraer a las hembras a su madriguera. - El sonido se genera por fricción, mediante un mecanismo llamado estridulación. - El calor acelera su metabolismo y hace que sus emisiones sean más frecuentes. - Amos Dolbear estudió en 1897 la relación entre ese ritmo y la temperatura exterior.
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Fuentes consultadas: 20minutos. Ver original


